NUTRICIÓN SANA

El cocinero y el escritor han ido de la mano desde que el ser humano comenzó a dejar constancia anotada de su Historia, usos y tradiciones. Ambos oficios, guisandero y cronista, se necesitan el uno al otro en una relación casi simbiótica a través de la cual se han ido recopilando en papel numerosos recetarios, técnicas, formulaciones y testimonios.
Gracias a los manuscritos y libros editados que se conservan podemos saber un poco más acerca de nuestros ancestros, al percibir en los tratados y epítomes la evolución en gustos e ingredientes a través de los tiempos, pudiendo incluso remontarnos a volúmenes que aún siguen influenciando e ilustrando a los profesionales de la cocina y de la escritura en la actualidad. Cualquier versado en temáticas alimenticias, sea cocinero eficiente o escritor avezado, tiene por necesidad –en ocasiones incluso inconscientemente- que beber en las fuentes de clásicos como Arquestrato, aquel siciliano amigo de Pericles reconocido como el primer erudito gastronómico, o del latino Apicius, autor del célebre De re coquinaria y de seguro que muchos de los argumentos instalados en su conciencia provienen de franceses como Brillat-Savarin o Grimod de la Rèyniere; ciñéndonos al territorio peninsular, cualquier perito debe por fuerza admitir el ascendiente de la edición toledana de 1.525 del Libro de Guisados, manjares y potajes intitulado Libro de cocina firmado por el insigne Ruperto de Nola, ser sabedor del Arte Cisoria escrito por el nigromántico y polifacético Enrique de Villena en 1.423, conocer el magno Arte de Cozina redactado por Martínez Montiño allá por los albores del siglo XVII y admirar la obra de notables escritores gastronómicos del XIX como Ángel Muro con su El Practicón… ese D. Ángel Muro -de profesión periodista de guerra- que el añorado gastrónomo e intelectual Xavier Domingo definió como cocinólogo y al que se suele aludir con el tratamiento preferencial de respeto anteponiendo a su nombre un don, bien ganado edición tras edición de su libro estrella. Un imprescindible.
Y, escribe que te cocina, no es lo mismo hacerlo sobre temáticas meramente culinarias, transcribir o concebir recetas, que hacerlo de gastronomía. Desde un concepto aristotélico hay que percibir la gastronomía partiendo de un sistema holístico en el que «el todo es más que la suma de sus partes», diferenciando en primer lugar 'cocina' de 'gastronomía': la cocina es una parte fundamental de la gastronomía -faltaría más-, quizás la más sobresaliente de las partes, como también lo es sin duda en España o Francia la Cultura del Vino, pero la gastronomía es mucho más que transformar alimentos para la función nutricional, con objeto de cubrir las necesidades básicas de la conocida Pirámide de Maslow… en la gastronomía confluyen todos los conocimientos y actividades relacionadas con la exploración de la satisfacción epicúrea, incluso en la búsqueda del sibaritismo, comprendiendo asimismo el todo y las parcelas, las históricas, las tradiciones, los estudios dietéticos y, en definitiva, todo lo que compone un hecho cultural interdisciplinar, circunscrito o no a una zona o un momento. Dicho esto, conviene anotar una vez más qué la Gastronomía ES Cultura, así, con mayúscula, algo que nadie ya refuta; o casi nadie, desgraciadamente siempre quedará algún mastuerzo (necio y porfiado, según el Diccionario la RAE) que argumentará espumarajos cuando se la equipara con otras disciplinas y/o se solicita esta consideración institucionalmente, y valga para ilustrar esta triste afirmación el ejemplo de un alto-altísimo funcionario innombrable que el pasado año hizo atroces manifestaciones públicas y privadas al respecto, rezongando cuando desde la Fundación Arte y Gastronomía y la Real Academia de Gastronomía se mantuvieron las necesarias reuniones con el Ministerio de Cultura para instar a que el Congreso de los Diputados aprobara una Propuesta no de Ley, considerando la Gastronomía como un Bien de Interés Cultural, iniciativa que ha logrado convertirse en una realidad el pasado septiembre gracias al impulso otorgado por el político Rafael Simancas, con total apoyo de la Cámara, reconociendo y resolviendo de esta forma una añosa reivindicación de los diferentes sectores implicados en lo gastronómico.
Entre los profesionales especializados en estas lides de las sopas de letras gastronómicas hay que distinguir a periodistas, críticos, gastrónomos y escritores, si bien muchos de los ejercientes compatibilizan trabajos y así publican libros, escriben en periódicos y revistas, hablan en radios y televisiones o puntúan restaurantes, dependiendo de quién contrata.
Puede parecer superfluo el definir o delimitar estas funciones, pero la distinción es notoria y en realidad son quehaceres muy disímiles, con técnicas apropiadas para cada tarea: básicamente, los periodistas son aquellos que trabajan en un medio de comunicación periódico, prestando generalmente su atención a la actualidad o la noticia; por críticos se conocen a aquellos que dedican sus párrafos a opinar subjetivamente, y dentro de estos se puede incluir a los coautores e inspectores de las temidas guías; en la categoría de escritores-gastrónomos se puede admitir a todos aquellos que centran su labor en el estudio o la divulgación de la gastronomía, preocupándose de dilucidar, investigar, divulgar y aventurar conocimientos, filosofías o posiciones, como demuestran –por citar unos paradigmas, son muchos más- los inteligentes escritos de Xavier Domingo, el sesudo verbo de Nestor Luján, los documentados libros de Lorenzo Díaz, las diferentes publicaciones del prolífico Rafael Ansón, las esforzadas y doctas labores divulgativas de Miguel Ángel Almodóvar o las teorías del grandísimo e irrepetible Arturo Pardos, creador que lo es del concepto filosófico denominado como Gastrónica, en unos libros que, desgraciadamente, tan solo puede hallarse en librerías de lance; finalmente en el grupo de escritores generalistas circunscritos, se debería comprender a aquellos que sin dedicarse exclusivamente a la gastronomía, sí la tienen como motivo o inspiración habitual y la ensalzan y propagan gracias a los aportes incluidos en sus novelas y ensayos, convirtiendo en ocasiones la especialidad en Arte, como demuestran en cada párrafo maestros como Álvaro Cunqueiro, Joan Perucho, Josep Plá o Manolo Vázquez Montalbán.
Y entre todos estos juntaletras coexisten los profesionales nombrados, aquellos que tienen una especialización con formación y bagaje suficiente, ejerciendo un oficio, y quienes publican esporádica o puntualmente un libro de recetas, modalidad que incluye desde la recopilación del recetario familiar o local a la utilización de una cara famosa para vender unos cuantos libros a sus fans, algo muy digno y se podría decir que útil y divertido, pero que evidentemente es otra categoría, máxime cuando quien firma el susodicho recopilatorio de recetas es un famoso o famosa, que en algunas ocasiones ni siquiera ha escrito el libro, situación mucho más frecuente de lo que al público le gustaría creer.
En el mercado de la literatura coquinaria existen asimismo los libros de los cocineros comunicadores, algunos de ellos participantes en la categoría de los famosos antes aludidos -en este caso mejor no citar nombres, el mundo es muy pequeño y encontradizo- que simplemente se aprovechan de su tirón mediático para vender unos cuantos miles de ejemplares a cambio de aparecer en una foto en la portada. Afortunadamente podemos contar con otros cocineros que son animosos y audaces escritores con gran dominio del lenguaje y cuyos libros forman parte imprescindible y testimonial de nuestra época. Nadie esperaría que un buen pintor o un cineasta además sea un escritor con talento… O que el buen chef sea capaz de dominar el castellano escrito o de llegar al público como un ocurrente showman, lo que se espera y desea es que cocine, y que lo haga bien, que transmita con su cocina, pero lo cierto es que en este cajón de sastre de los cocineros-escritores, la verdad es que «hay de tó», y los hay realmente brillantes. A modo de ejemplos entre los muchos catedráticos de los fogones que han plasmado su prosa en libros de cocina figuran desde excelentes narradores como Abraham García, soberbios opinadores llenos de argumentos como Santi Santamaría, fenómenos mediáticos como Karlos Arguiñano, magistrales innovadores como Ferrán Adrià, fascinantes expertos como Martí Berasategui o Pedro Larumbe y, en las nuevas generaciones, amenos ensayistas como lo es Andrés Madrigal e indispensables creadores ilustrados como Andoni Luis Aduriz.
La gastronomía, el arte de seleccionar, preparar, servir y degustar una buena comida o paladear un excelente vino, esa ciencia que estudia la relación de la comida con la Cultura, necesita para seguir desarrollándose de cocineros y de escritores. De escritores con tablas que sepan comunicar y difundir y de chefs referentes y emblemáticos que expandan sus conocimientos empíricos. La gastronomía, entre otras muchas cosas, es artesanía, es diseño y, efectivamente, puede considerarse y ser un Arte, si explicamos el arte como una expresión humana en la búsqueda de la emoción y el sentimiento. Y existen, al igual que –por ejemplo, en la pintura-, diferentes escuelas y tendencias, desde las posturas más tradicionales a las más vanguardistas, con sus corrientes, tanto en la cocina y la enologia y vitivinicultura, como en las formas y estilos literarios.
Todos caben, cuando hay oficio y amor por un trabajo bien hecho.
¿Quieres mandarnos tu opinión sobre este artículo?
Escribe a: cocinaligera@globuscom.es
C/Covarrubias,1
•28010 Madrid.
•Tel.:91 447 12 02
•Fax:91 447 10 43.